La inmortalidad representa un deseo profundo en la humanidad y también está presente en prácticamente todas las religiones, que describen escenarios post mortem, que a menudo resultan ser consecuencias de la vida en la Tierra. En este sentido, la inmortalidad se entiende como una manipulación de la ética y el comportamiento humanos.
En el corazón de cada uno de nosotros, la inmortalidad es algo así como el sueño de no tener que afrontar nunca el final de la vida terrenal, es decir, la muerte. Esto se debe a la simple conciencia de nuestro nacimiento e identidad.
Pero, ¿nacemos realmente, o hay una parte de nosotros que nace subyugada por el ego y atada a la identidad, y otra parte no atada a la identidad que siempre ha existido?
¿De dónde viene lo que llamamos conciencia? ¿Por qué está instalada en muchas formas de vida de nuestro planeta? Por cierto, también podríamos imaginar que la conciencia se instala en otras formas de vida, formas de vida extraterrestre, y se convertiría así en una especie de ingrediente fundamental del universo.
Si se trata de un ingrediente que se instala en la forma de vida, significa que este ingrediente existe antes del nacimiento de esta forma de vida, aunque sea una parte esencial de ella, sobre todo cuando esta forma de vida tiene conciencia de su propia identidad como en el caso de la especie humana.
Así que hablar de inmortalidad no es sólo eludir la muerte, sino también eludir el nacimiento e imaginar que existe una parte de nuestra conciencia que no depende de nuestra identidad terrenal, siempre presente y vigente.
El problema básico es que estamos ciegos a esta otra realidad y nuestra única posibilidad de verla es utilizar nuestra imaginación.